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viernes, 21 de septiembre de 2012

REBELIÓN EN LA GRANJA CATALANA



Hubo una vez, en un lugar lleno de sol y pícaros una granja de pollos.
El granjero cuidaba de sus polluelos; les daba de comer; les limpiaba los parásitos; les mantenía a la temperatura adecuada...
Los pollitos vivían tranquilos pues el grano no faltaba, tampoco el agua, y el granjero solía ponerles por el altavoz música de Mozart.
No todos los pollitos eran iguales. Los pollitos de la parte sur de la granja pasaban más calor y solían moverse menos, "eran más perezosos" pensaba el granjero, salvo por la noche que era cuando, descansados, les apetecía piar y alborotar.

Los pollitos de la parte norte de la nave tenían un alto sentido de la singularidad. Consideraban que su forma de pensar y sus pios pios (pues sonaban distintos), transmitían un sentimiento profundo, teniendo otros objetivos a los del resto de la granja. No les faltaba el grano y gozaban de un fresco paisaje que les resultaba agradable y entrañable.

Los pollitos de la parte noroeste no tenían queja del paisaje, pero tenían una gallina que les distribuía el grano a su antojo, no llegaba para todos, de manera que algunos pollitos saltaban la valla baja que les separaba y se integraban en otras zonas, incluso llegaban a saltar por la ventana y salían al campo o a otras granjas.

Los pollitos del centro tenían el privilegio de las cosas propias del centro. El granjero tenía allí su almacén y enseres destinados para el mantenimiento de la nave, gozaban de una vista equidistante y aunque sufrían cierta aglomeración por las continuas llegadas de pollos de otro lado, eso les hacía sentir hospitalarios y especiales, tan especiales como los demás pollos de otros lados que también se sentían especiales.

Pero había una zona de la granja que anteriormente había sido habitada por gallos, unos destinados para las funciones propias de su naturaleza y otros destinados a la pelea. Piaban de un modo distinto que resultaba musical y firme. Se autodenominaban "Pollastres". Eran industriosos y ahorradores, administraban el grano con cordura y hasta le ponían tomate. El granjero siempre había mimado a ese lado de la nave, tenía recelo, pues ya había sido advertido por propietarios granjeros anteriores que habían tenido que adecuar la zona mucho mejor para mantener tranquilo al gallinero.  De vez en cuando solían escucharse algarabías que desentonaban con el resto de los pollos. Además, cuando se ponían a chillar, lo hacían de forma enérgica y convencida, conscientes de que estaban defendiendo un derecho histórico.

Hubo un momento en que el grano comenzó a escasear, los bebederos empezaban a secarse y se suprimió la música de Mozart sustituyéndola  por coplas. Los pollitos se lamentaban y temían perecer en la granja. El granjero, sin recursos, estudiaba sesudamente solicitar ayuda a una granja enorme donde podían ayudarle con un precio alto e indeterminado.

En esos días, la gallina que dominaba la zona de los Pollastres fue empujada por el resto de pollos a establecer una dura petición al granjero: la zona de los pollastres solicitaba la independencia. El granjero quería retorcer el pescuezo a esa gallina que representaba a una amplia zona del sector Pollastre, pero sabía que no debía cometer errores históricos. La gallina regresó cabizbaja a la zona pollastre con la negativa a su petición, pero con la sensación de haber cumplido con su deber representando al sentimiento pollastre.

Continuara...




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